«Toda guerra deja el mundo peor de cómo lo encontró. La guerra es un fracaso de la política y de la humanidad, una claudicación vergonzosa, una derrota frente a las fuerzas del mal.» Son palabras de la Fratelli tutti del papa Francisco que resuenan mientras se cumple el tercer año del conflicto en Ucrania.
No sabemos cuántas víctimas se ha cobrado esta larga guerra. Los órganos oficiales de ambas partes callan, y algún medio de comunicación llega a situarlas alrededor del millón. La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca ha dado un vuelco a la narración bélica y hoy, con un vocabulario que echa por los suelos ideas o posiciones que parecían superadas, se empieza a hablar de paz. Sea como sea, es una buena noticia: habría que empezar –y esperamos que se haga pronto– con el alto el fuego y eso significa que los ucranianos dejarán de morir en la guerra. El Papa lo había pedido repetidamente: parar la guerra aunque sea a costa de sacrificios, porque la paz es un bien superior.
Algunos observadores lamentan que existe el riesgo de hacer la paz a expensas de los ucranianos, pero antes habría que preguntarse por qué se ha hecho tanta guerra a expensas de los ucranianos. Las grandes potencias (EEUU y Rusia) se estudian, se desafían y buscan un nuevo orden internacional basado en sus intereses. Es la lógica de los imperios: basarse siempre en la fuerza y no tener en cuenta a quien tiene menos. Europa ha creído en la batalla de las “democracias vs. regímenes autoritarios” y había encuadrado el conflicto ucraniano en esa visión con la ayuda de los demócratas norteamericanos. Pero ahora en Washington manda el pragmatismo de los republicanos de Trump, y para ellos la vieja visión no ha funcionado porque ha llevado a Rusia a los brazos de China.
Como consecuencia, Trump y Putin se reunirán pronto para poner fin a la guerra. Lo harán según su punto de vista, que claramente no es el que se ha adoptado hasta el momento. Europa no sale en la foto y así desaparece la ilusión de la victoria con la que se había llevado a Ucrania a combatir una batalla desigual. Era una situación ampliamente previsible, aunque ello no atenúa la gravedad de la agresión rusa. Como había predicho el Papa, la guerra ha sido un fracaso. No podía ser de otro modo, porque la guerra siempre es un engranaje que ahoga toda lucidez, desencadena las emociones y arrastra a los pueblos hacia un pozo sin fin de odio, venganza y muerte.
Tres años de sufrimiento que los ucranianos han pagado caro; tres años de gritos belicosos que ahora dejan a todo el mundo afónico y vacío. Hoy, aunque lejos de convenciones internacionales, se empieza a hablar de paz y de algún modo se adivina una esperanza de futuro que la guerra había eliminado arrojando a Ucrania a un odioso terreno plúmbeo de destrucción y sufrimiento. El Jubileo de la esperanza nos pide que tengamos esperanza en un día de paz incluso durante un conflicto. Es “la paz verdadera” de la que habla Francisco. La resistencia de muchos, en estos tres años, ha consistido en ayudar a los ucranianos durante un tiempo aciago y en no dejar que les quitaran la humanidad. Ha sido una resistencia formada por ayuda humanitaria, acogida y compañía humana concreta. Una resistencia silenciosa, pero eficaz y concreta, que ha dado fuerza a millones de ucranianos dentro y fuera de su país.
Ahora que se acerca el tiempo de la tregua y del diálogo, esta cercanía debe ser aún más intensa. Europa sale de tres años de vientos de guerra y debe encontrar otro camino, que no sea el del despliegue de armas, para estar al lado de Ucrania que tanto ha sufrido y que afronta un momento especialmente delicado de su futuro. La geografía y la historia nos indica un destino común que debe transformarse en política: reconstruir, garantizar la seguridad en el futuro, sin duda, pero sin calcular como fríos contables lo que se ha dado o lo que se puede ganar.
Hace falta una solidaridad que cure las heridas del alma de todo un pueblo. Lo primero que la Unión Europea puede hacer es negarse a entrar en la lógica de vencedores y vencidos. La negociación será larga y difícil. Si hoy empiezan las grandes potencias, esperamos que llegue pronto también el momento de Europa. Porque en esta guerra no hay vencedores sino únicamente escombros y lutos. La única medicina válida es la solidaridad y la amistad que debemos a los ucranianos, sin dejarles nunca solos.
[Marco Impagliazzo]
[Traducción de la redacción]