Liturgia del domingo

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XIII del tiempo ordinario
Recuerdo de Lorenzo Milani (+1967), sacerdote florentino, prior de Barbiana, donde fue maestro de niños en la Escuela popular que fundó.


Primera Lectura

1Reyes 19,16.19-21

Ungirás a Jehú, hijo de Nimsí, como rey de Israel, y a Eliseo, hijo de Safat, de Abel Mejolá, le ungirás como profeta en tu lugar. Partió de allí y encontró a Eliseo, hijo de Safat, que estaba arando. Había delante de él doce yuntas y él estaba con la duodécima. Pasó Elías y le echó su manto encima. El abandonó los bueyes, corrió tras de Elías y le dijo: "Déjame ir a besar a mi padre y a mi madre y te seguiré." Le respondió: "Anda, vuélvete, pues ¿qué te he hecho?" Volvió atrás Eliseo, tomó el par de bueyes y los sacrificó, asó su carne con el yugo de los bueyes y dio a sus gentes, que comieron. Después se levantó, se fue tras de Elías y entró a su servicio.

Salmo responsorial

Salmo 15 (16)

Guárdame, oh Dios, en ti está mi refugio.

"Yo digo a Yahveh: ""Tú eres mi Señor.
mi bien, nada hay fuera de ti""; "

"ellos, en cambio, a los santos que hay en la tierra:
""¡Magníficos, todo mi gozo en ellos!""."

Sus ídolos abundan, tras ellos van corriendo.
Mas yo jamás derramaré sus libámenes de sangre,
jamás tomaré sus nombres en mis labios.

Yahveh, la parte de mi herencia y de mi copa,
tú mi suerte aseguras;

la cuerda me asigna un recinto de delicias,
mi heredad es preciosa para mí.

Bendigo a Yahveh que me aconseja;
aun de noche mi conciencia me instruye;

pongo a Yahveh ante mí sin cesar;
porque él está a mi diestra, no vacilo.

Por eso se me alegra el corazón, mis entrañas retozan,
y hasta mi carne en seguro descansa;

pues no has de abandonar mi alma al seol,
ni dejarás a tu amigo ver la fosa.

Me enseñarás el caminó de la vida, hartura de goces, delante de tu rostro,
a tu derecha, delicias para siempre.

Segunda Lectura

Gálatas 5,1.13-18

Para ser libres nos libertó Cristo. Manteneos, pues, firmes y no os dejéis oprimir nuevamente bajo el yugo de la esclavitud. Porque, hermanos, habéis sido llamados a la libertad; sólo que no toméis de esa libertad pretexto para la carne; antes al contrario, servíos por amor los unos a los otros. Pues toda la ley alcanza su plenitud en este solo precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Pero si os mordéis y os devoráis mutuamente, ¡mirad no vayáis mutuamente a destruiros! Por mi parte os digo: Si vivís según el Espíritu, no daréis satisfacción a las apetencias de la carne. Pues la carne tiene apetencias contrarias al espíritu, y el espíritu contrarias a la carne, como que son entre sí antagónicos, de forma que no hacéis lo que quisierais. Pero, si sois conducidos por el Espíritu, no estáis bajo la ley.

Lectura del Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Lucas 9,51-62

Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén, y envió mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada; pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén. Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?» Pero volviéndose, les reprendió; y se fueron a otro pueblo. Mientras iban caminando, uno le dijo: «Te seguiré adondequiera que vayas.» Jesús le dijo: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.» A otro dijo: «Sígueme.» El respondió: «Déjame ir primero a enterrar a mi padre.» Le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios.» También otro le dijo: «Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa.» Le dijo Jesús: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Homilía

Escribe el evangelista que al acercarse "los días de su asunción", Jesús decidió encaminarse hacia Jerusalén. Es una decisión firme, inflexible, como se intuye por los términos que utiliza el texto. Sabía qué le esperaba; poco después dirá: "Conviene que hoy y mañana y pasado siga adelante, porque no cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén" (Lc 13,33).
Aquel día Jesús confió a los discípulos su sueño del mismo modo que Elías echó su manto a hombros de Eliseo. La imagen del manto que pasa de Elías a Eliseo permite entender mejor la tarea que el Señor deja a los discípulos. No es un manto que cueste soportar; más bien es ligero para poderlo llevar a todas partes. Aquel manto, aquel sueño, es la libertad de seguir al Señor, es la profecía del Evangelio que toda comunidad está llamada a vivir y a transmitir a la siguiente.
Seguir el Evangelio significa aceptar el manto de Jesús, es decir, su espíritu de paz, y avanzar. Por eso reprende a los discípulos que querían destruir el pueblo de los samaritanos. No basta con seguir, es necesario también el manto del Evangelio. Seguir a Jesús no es fruto de un impulso personal que quizás quiere obtener algún privilegio. El Hijo del hombre no tiene una morada estable; solo tiene el manto, es decir, el sueño de salvar al mundo del mal. Por eso -como explican los otros dos episodios- para seguir a Jesús hay que dejar las otras cosas que nos atan y que pueden entorpecer o incluso traicionar aquel sueño. A través de las paradojas del funeral del padre y del saludo a la familia que Jesús prohíbe a quienes quieren seguirle, Jesús reivindica la primacía del manto del reino. No quiere impedir actos de piedad y de humanidad. Al contrario. Lo que hace es afirmar con claridad inequívoca la primacía absoluta del Evangelio sobre nuestra vida. No pretende erigirse en el más fuerte. Muchas veces mostrarse neutral es una manera de ocultar el desprecio hacia los débiles y así justificar la distancia que nos separa de ellos y evitar implicarnos. Jesús sabe que no hay compasión sin su manto, que no hay libertad fuera de su camino hacia Jerusalén: o somos libres con él, o nos convertimos en esclavos de los señores de este mundo y, muchas veces, el primer señor es nuestro yo. Entonces comprendemos el motivo de la grave afirmación final: "Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios". Pero podríamos añadir que cualquiera que acepte el manto, aunque sea débil -y todos somos débiles-, es fuerte y digno del reino.