Liturgia del domingo

Compartir En

XIV del tiempo ordinario


Primera Lectura

Zacarías 9,9-10

¡Exulta sin freno, hija de Sión,
grita de alegría, hija de Jerusalén!
He aquí que viene a ti tu rey:
justo él y victorioso,
humilde y montado en un asno,
en un pollino, cría de asna. El suprimirá los cuernos de Efraím
y los caballos de Jerusalén;
será suprimido el arco de combate,
y él proclamará la paz a las naciones.
Su dominio irá de mar a mar
y desde el Río hasta los confines de la tierra.

Salmo responsorial

Salmo 144 (145)

Yo te ensalzo, oh Rey Dios mío,
y bendigo tu nombre para siempre jamás;

todos los días te bendeciré,
por siempre jamás alabaré tu nombre;

grande es Yahveh y muy digno de alabanza,
insondable su grandeza.

Una edad a otra encomiará tus obras,
pregonará tus proezas.

El esplendor, la gloria de tu majestad,
el relato de tus maravillas, yo recitaré.

Del poder de tus portentos se hablará,
y yo tus grandezas contaré;

se hará memoria de tu inmensa bondad,
se aclamará tu justicia.

Clemente y compasivo es Yahveh,
tardo a la cólera y grande en amor;

bueno es Yahveh para con todos,
y sus ternuras sobre todas sus obras.

Te darán gracias, Yahveh, todas tus obras
y tus amigos te bendecirán;

dirán la gloria de tu reino,
de tus proezas hablarán,

para mostrar a los hijos de Adán tus proezas,
el esplendor y la gloria de tu reino.

Tu reino, un reino por los siglos todos,
tu dominio, por todas las edades.
(Nun.) Yahveh es fiel en todas sus palabras,
en todas sus obras amoroso;

Yahveh sostiene a todos los que caen,
a todos los encorvados endereza.

Los ojos de todos fijos en ti, esperan
que les des a su tiempo el alimento;

abres la mano tú
y sacias a todo viviente a su placer.

Yahveh es justo en todos sus caminos,
en todas sus obras amoroso;

cerca está Yahveh de los que le invocan,
de todos los que le invocan con verdad.

El cumple el deseo de los que le temen,
escucha su clamor y los libera;

guarda Yahveh a cuantos le aman,
a todos los impíos extermina.

¡La alabanza de Yahveh diga mi boca,
y toda carne bendiga su nombre sacrosanto,
para siempre jamás!

Segunda Lectura

Romanos 8,9.11-13

Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece; Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros. Así que, hermanos míos, no somos deudores de la carne para vivir según la carne, pues, si vivís según la carne, moriréis. Pero si con el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis.

Lectura del Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Mateo 11,25-30

En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Homilía

El Evangelio de este domingo reproduce una de las pocas oraciones que hay de Jesús en los Evangelios. Mateo la sitúa al inicio de la misión de Jesús. Tras reproducir el largo discurso misionero a los Doce -que ocupa todo el capítulo diez-, el evangelista escribe que "Jesús partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades". Lo hacía no solo sino con sus discípulos, a los que acababa de hacer entrar en su misma misión. Por eso Jesús reza al Padre y le da gracias: "Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se las has revelado a gente sencilla". El término griego utilizado es nepiois: niños, pequeños, menores. Podemos imaginar que Jesús, tras mirar a aquellos discípulos, levanta la mirada al cielo y da gracias al Padre por haber decidido revelar el misterio de la salvación a aquel "pequeño rebaño".
Al igual que aquel día, también hoy Jesús da gracias al Padre porque nos ha revelado el Evangelio del reino a nosotros al dejarlo en las manos de las comunidades cristianas. La santa liturgia del domingo, en la que se reúnen los discípulos alrededor de Jesús, es un momento de alabanza al Padre porque ha revelado a todos los discípulos de este tiempo la responsabilidad de comunicar el Evangelio al mundo. No hay duda de que existe una desproporción entre la comunidad cristiana y la misión al mundo entero. Si Jesús nos llama "pequeños" es porque lo somos realmente. En el Evangelio es "pequeño" quien reconoce sus límites y su fragilidad, quien siente que necesita a Dios, lo busca y confía en Él. A personas así, Jesús les dice: "Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os proporcionaré descanso".
El Señor, como un amigo bueno, llama consigo a todos los que sienten el cansancio y el peso de la vida: desde aquel publicano hasta el pequeño grupo de hombres y mujeres que lo siguen o las muchedumbres sin esperanza, oprimidas por el desmesurado poder de los ricos, y víctimas de la violencia de la guerra, del hambre y de la injusticia. Para todas esas muchedumbres deberían resonar hoy con fuerza las palabras del Señor: "Venid a mí, y yo os daré descanso". El descanso no es otro que Jesús mismo: recostarse sobre su pecho y alimentarse de su Palabra. Jesús, y solo él, puede añadir: "Tomad sobre vosotros mi yugo". No habla del "yugo de la ley", el duro yugo que imponen los fariseos. El yugo del que habla Jesús es el Evangelio, exigente y suave al mismo tiempo, como él. Por eso añade: "Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón". Aprended de mí, es decir, haceos discípulos míos.