Liturgia del domingo

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III del tiempo ordinario
Recuerdo de Timoteo y Tito, colaboradores de Pablo y obispos de Éfeso y de Creta.


Primera Lectura

Isaías 8,23-9,3

Pues, ¿no hay lobreguez para quien tiene apretura?
Como el tiempo primero ultrajó a la tierra de Zabulón y a
la tierra de Neftalí, así el postrero honró el
camino del mar, allende el Jordán, el distrito de
los Gentiles. El pueblo que andaba a oscuras vio una luz grande.
Los que vivían en tierra de sombras,
una luz brilló sobre ellos.
Acrecentaste el regocijo,
hiciste grande la alegría.
Alegría por tu presencia,
cual la alegría en la siega,
como se regocijan
repartiendo botín. Porque el yugo que les pesaba
y la pinga de su hombro
- la vara de su tirano -
has roto, como el día de Madián.

Salmo responsorial

Salmo 26 (27)

Yahveh es mi luz y mi salvación,
¿a quién he de temer?
Yahveh, el refugio de mi vida,
¿por quién he de temblar?

Cuando se acercan contra mí los malhechores
a devorar mi carne,
son ellos, mis adversarios y enemigos,
los que tropiezan y sucumben.

Aunque acampe contra mí un ejército,
mi corazón no teme;
aunque estalle una guerra contra mí,
estoy seguro en ella.

Una cosa he pedido a Yahveh,
una cosa estoy buscando:
morar en la Casa de Yahveh,
todos los días de mi vida,
para gustar la dulzura de Yahveh
y cuidar de su Templo.

Que él me dará cobijo en su cabaña
en día de desdicha;
me esconderá en lo oculto de su tienda,
sobre una roca me levantará.

Y ahora se alza mi cabeza
sobre mis enemigos que me hostigan;
en su tienda voy a sacrificar.
sacrificios de aclamación.
Cantaré, salmodiaré a Yahveh.

Escucha, Yahveh, mi voz que clama,
¡tenme piedad, respóndeme!

Dice de ti mi corazón:
"Busca su rostro."
Sí, Yahveh, tu rostro busco:

No me ocultes tu rostro.
No rechaces con cólera a tu siervo;
tú eres mi auxilio.
No me abandones, no me dejes,
Dios de mi salvación.

Si mi padre y mi madre me abandonan,
Yahveh me acogerá.

Enséñame tu camino, Yahveh,
guíame por senda llana,
por causa de los que me asechan;

no me entregues al ansia de mis adversarios,
pues se han alzado contra mí falsos testigos,
que respiran violencia.

¡Ay, si estuviera seguro de ver la bondad de Yahveh
en la tierra de los vivos!

Espera en Yahveh, ten valor y firme corazón,
espera en Yahveh.

Segunda Lectura

Primera Corintios 1,10-13.17

Os conjuro, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a que tengáis todos un mismo hablar, y no haya entre vosotros divisiones; antes bien, estéis unidos en una misma mentalidad y un mismo juicio. Porque, hermanos míos, estoy informado de vosotros, por los de Cloe, que existen discordias entre vosotros. Me refiero a que cada uno de vosotros dice: «Yo soy de Pablo», «Yo de Apolo», «Yo de Cefas», «Yo de Cristo». ¿Esta dividido Cristo? ¿Acaso fue Pablo crucificado por vosotros? ¿O habéis sido bautizados en el nombre de Pablo? Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el Evangelio. Y no con palabras sabias, para no desvirtuar la cruz de Cristo.

Lectura del Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Mateo 4,12-23

Cuando oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea. Y dejando Nazará, vino a residir en Cafarnaúm junto al mar, en el término de Zabulón y Neftalí; para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: ¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí,
camino del mar, allende el Jordán,
Galilea de los gentiles!
El pueblo que habitaba en tinieblas
ha visto una gran luz;
a los que habitaban en paraje de sombras de muerte
una luz les ha amanecido.
Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: «Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado.» Caminando por la ribera del mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, echando la red en el mar, pues eran pescadores, y les dice: «Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres.» Y ellos al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo arreglando sus redes; y los llamó. Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron. Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Homilía

"Cuando Jesús oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea." Así empieza la perícopa evangélica de este tercer domingo del tiempo ordinario. El evangelista parece querer subrayar el vínculo entre la predicación de Jesús y el arresto de Juan. Con el Bautista en la cárcel, ya no se oía la voz de la justicia y el desierto volvía a estar desierto, volvía a ser un lugar sin vida y sin palabras. Jesús no se resignó al silencio impuesto por Herodes; no quería que los hombres, aquellos mismos hombres que él había visto arrepentidos y llenos de esperanza haciendo fila en el Jordán para recibir el bautismo, quedaran a merced de una religión ritualista y exterior o cayeran bajo el yugo de la violencia que nacía en el desierto de vida y en el desierto de palabras verdaderas.
Entonces tomó la iniciativa y empezó a hablar, ya no en Judea como hacía Juan, sino en la periférica Galillea, la más septentrional de las tres regiones de Palestina. En tiempos de Jesús, la fuerte presencia en la zona de grupos paganos había desacreditado la región. Y precisamente en aquella tierra periférica y alejada de la capital, Jesús empieza su predicación (1,14); allí reúne a los primeros discípulos (1,16) y allí el resucitado esperará a los discípulos para empezar la "segunda" predicación evangélica (14,28). En la "Galilea de los paganos" se oye por primera vez el Evangelio, la buena noticia. Allí, donde se mezclaban paganos y marginados, Jesús empieza a decir: "El tiempo se ha cumplido"; terminan los días de violencia, de odio, de abandono, de enemistad y empieza el tiempo de la justicia y de la paz. La historia de los hombres experimenta un cambio: "El reino de Dios está cerca". El reino del amor, del perdón, de la salvación, del dominio de Dios ha llegado y desde aquel momento empieza a difundirse en la vida de los hombres.
"Convertíos", pedía Jesús a todo el mundo. También se lo dijo a orillas del lago de Tiberíades a Simón y a Andrés, mientras estaban ocupados echando las redes. Continuó caminando y se lo propuso a dos hermanos más, Santiago y Juan, que estaban arreglando las redes de pesca. A ellos Jesús les confía una tarea extraordinaria: "Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres". El Señor vuelve a la orilla del mar de nuestros días y de nuestra vida, y mientras cada uno de nosotros, pequeño o grande, está ocupado arreglando sus redes, abrumado por los dolores y por las preocupaciones de siempre, oye una voz que le repite aquella invitación: "Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres". El Evangelio indica que "al instante", los cuatro dejaron las redes y le siguieron. Realmente -como dice el apóstol Pablo- "el tiempo apremia. Por tanto, los que tienen mujer, que vivan como si no la tuviesen; los que lloran, como si no llorasen; los que están alegres, como si no lo estuviesen; los que compran, como si no poseyesen; los que disfrutan del mundo, como si no lo disfrutasen. Porque la representación de este mundo va pasando" (1 Co 7,29-31). Los afectos, el llanto, la alegría, comprar, utilizar... muchas veces ocupan nuestros días, nuestra mente y nuestra vida hasta el punto de que la cierran como en una red infranqueable. El Señor viene no para mortificar la vida, sino para liberarla de esta red enmarañada y extensa; quiere hacer llegar el cariño a muchas personas más, quiere que lloremos no solo por nosotros sino con quienes están afligidos, quiere que la alegría no sea para unos pocos sino para muchos, quiere que los bienes de este mundo no sean privilegio de algunos, porque son para todos.