Memoria de la Madre del Señor

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Recuerdo de santa Clara de Asís (†1253), discípula de san Francisco en el camino de la pobreza y de la simplicidad evangélica.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ezequiel 2,8-3,4

Y tú, hijo de hombre, escucha lo que voy a decirte, no seas rebelde como esa casa de rebeldía. Abre la boca y come lo que te voy a dar. Yo miré: vi una mano que estaba tendida hacia mí, y tenía dentro un libro enrollado. Lo desenrolló ante mi vista: estaba escrito por el anverso y por el reverso; había escrito: "Lamentaciones, gemidos y ayes." Y me dijo: "Hijo de hombre, come lo que se te ofrece; come este rollo y ve luego a hablar a la casa de Israel." Yo abrí mi boca y él me hizo comer el rollo, y me dijo: "Hijo de hombre, aliméntate y sáciate de este rollo que yo te doy." Lo comí y fue en mi boca dulce como la miel. Entonces me dijo: "Hijo de hombre, ve a la casa de Israel y háblales con mis palabras.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El profeta recibe de Dios la misión mediante una especie de liturgia sacramental. En primer lugar le pide a Ezequiel que escuche y obedezca: "Hijo de hombre, escucha lo que voy a decirte; no seas rebelde". Todavía no sabe cuál es la tarea que le confía el Señor, pero la condición previa es que obedezca la Palabra del Señor. Ante el Señor somos llamados sobre todo a acoger su Palabra y ponerla en práctica. Eso es lo que significa la fe. Somos creyentes, precisamente, cuando confiamos en la Palabra del Señor, la escuchamos fielmente y la ponemos en práctica al pie de la letra. Eso nos convierte en creyentes y, por tanto, en profetas, es decir, comunicadores de la Palabra del Señor. Sin esta disponibilidad por escuchar -que requiere la humildad de quien confía en otro- no podemos recibir ninguna misión. Podríamos decir que confiar en Dios no es solo la base de la misión, sino también la sustancia de la fe. El profeta ve la mano de Dios tendida hacia él que sostiene un libro enrollado escrito por ambos lados. Es un pergamino. El rollo contiene lo que el Señor quiere que sea comunicado y que debe entrar hasta lo más profundo del corazón y de la misma carne del profeta. Debe alimentarse con aquel rollo. Es su alimento verdadero. Lo debe ingerir, como el pan: "Hijo de hombre, come lo que se te ofrece; come este rollo y ve luego a hablar a la casa de Israel". El profeta no solo no habla por iniciativa propia sino que ni siquiera está llamado a repetir una lección abstracta o a promocionar una teoría. Debe alimentarse de las Santas Escrituras hasta convertirse él mismo en palabra viva, es decir, debe comunicarla con su vida, con sus comportamientos. Así es como demuestra su autoridad. Aquel rollo escrito por ambos lados significa la lectura espiritual, es decir, leer las palabras de la Biblia uniéndolas a la vida de cada día: detrás del sentido literal de lo que está escrito se oculta el sentido espiritual, es decir lo que aquel texto dice a mi vida, a la comunidad para poder cambiar el mundo como quiere Dios.