Memoria de los pobres

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Segunda Pedro 3,11-15.17-18

Puesto que todas estas cosas han de disolverse así, ¿cómo conviene que seáis en vuestra santa conducta y en la piedad, esperando y acelerando la venida del Día de Dios, en el que los cielos, en llamas, se disolverán, y los elementos, abrasados, se fundirán? Pero esperamos, según nos lo tiene prometido, nuevos cielos y nueva tierra, en lo que habite la justicia. Por lo tanto, queridos, en espera de estos acontecimientos, esforzaos por ser hallados en paz ante él, sin mancilla y sin tacha. La paciencia de nuestro Señor juzgadla como salvación, como os lo escribió también Pablo, nuestro querido hermano, según la sabiduría que le fue otorgada. Vosotros, pues, queridos, estando ya advertidos, vivid alerta, no sea que, arrastrados por el error de esos disolutos, os veáis derribados de vuestra firme postura. Creced, pues, en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo. A él la gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

A los cristianos que dudaban porque el retorno de Cristo se demoraba, el apóstol les recuerda que Dios mide el tiempo de manera distinta a la nuestra. Escribe Pedro: "Para el Señor, un día es como mil años y, mil años, como un día". El apóstol quiere decir que para toda generación cristiana los últimos tiempos son los que está viviendo. Cada creyente vive sus últimos tiempos y está llamado a vivirlos con la responsabilidad que se pide a todo discípulo del Evangelio. Por eso el apóstol añade: "No se retrasa el Señor en el cumplimiento de la promesa". Efectivamente, todo aquel que acoge el Evangelio de Jesús en su corazón ya vive en el fin de los tiempos, es decir, en la familia de los salvados por el Señor, que resucitó de entre los muertos para nuestra salvación. Sabemos que a todo el mundo le llegará el día del pasaje final, el de la muerte, y lo hará "como un ladrón". Por eso Pedro nos recuerda a todos que debemos tener ante los ojos el juicio de Dios y moldear nuestra vida según la voluntad del Señor. Llevando una vida evangélica los cristianos frenan la obra del mal y aceleran la llegada del reino. Participando en la liturgia, viviendo en la comunión fraterna, sirviendo con amor a los pobres y solicitando la solidaridad universal los creyentes no solo ven y esperan "un cielo nuevo y una tierra nueva" tal como dice el Apocalipsis, sino que los viven ya ahora. El apóstol invita a no vivir de manera desordenada, como si el tiempo del fin estuviera siempre lejos. Ya ha empezado el tiempo de entrar en el reino. Por eso el apóstol anima a los cristianos a crecer en el amor y a conocer más al Señor Jesús, para que cuando veamos su rostro nos encuentre "en paz ante él, sin mancilla y sin tacha".