Memoria de la Iglesia

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Santiago 2,1-9

Hermanos míos, no entre la acepción de personas en la fe que tenéis en nuestro Señor Jesucristo glorificado. Supongamos que entra en vuestra asamblea un hombre con un anillo de oro y un vestido espléndido; y entra también un pobre con un vestido sucio; y que dirigís vuestra mirada al que lleva el vestido espléndido y le decís: «Tú, siéntate aquí, en un buen lugar»; y en cambio al pobre le decís: «Tú, quédate ahí de pie», o «Siéntate a mis pies». ¿No sería esto hacer distinciones entre vosotros y ser jueces con criterios malos? Escuchad, hermanos míos queridos: ¿Acaso no ha escogido Dios a los pobres según el mundo como ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que le aman? ¡En cambio vosotros habéis menospreciado al pobre! ¿No son acaso los ricos los que os oprimen y os arrastran a los tribunales? ¿No son ellos los que blasfeman el hermoso Nombre que ha sido invocado sobre vosotros? Si cumplís plenamente la Ley regia según la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, obráis bien; pero si tenéis acepción de personas, cometéis pecado y quedáis convictos de transgresión por la Ley.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Puede convertirse en algo normal también para la comunidad cristiana seguir el estilo de este mundo: honrar a los ricos y despreciar a los pobres. En nuestro mundo contemporáneo no se tiene ninguna consideración hacia los pobres, y es fácil que queden totalmente olvidados o que sean incluso despreciados. El papa Francisco no deja de recordarnos el escándalo de lo que llama la cultura del "descarte", que conduce, sin ningún tipo de problema, a alejar a los pobres de la mesa de la vida, de forma que no solo no se ayuda a los pobres, sino que se levantan defensas contra ellos. A menudo se les achacan las dificultades y los problemas de nuestras sociedades. Sucede también a nivel planetario cuando se abandona la lucha para extirpar la pobreza. No está de moda hablar de los pobres, entre otras cosas porque eso comportaría una visión menos egocéntrica de la vida y de la sociedad. La persecución de los propios intereses endurece los corazones y hace que la sociedad sea más cruel, sobre todo con los más débiles. Dios, recuerda la Carta de Santiago, actúa exactamente de manera contraria: elige a los pobres de este mundo para hacerles ricos y herederos de su reino. El ejemplo que pone Santiago sobre los sitios de honor que hay que reservar para los pobres durante las celebraciones indica no tanto el lugar físico que hay que asignarles, sino el sitio que debe ocupar en el corazón y, por tanto, en las preocupaciones de los creyentes. Los pobres deben tener una atención privilegiada en la comunidad cristiana porque así actúa Dios. Además, Santiago destaca la facilidad con la que los pobres son oprimidos y explotados. Y no defenderles es como blasfemar el nombre mismo de Dios, que les ha elegido como sus hijos predilectos hasta identificarse con ellos, como leemos en el evangelio de Mateo: "En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25,40). Los pobres, acogidos en la familia de Dios, son los hermanos más pequeños de Jesús y, por tanto, familiares de los cristianos: han entrado en el corazón mismo de la Iglesia. Por eso hay que amarlos como hermanos, en ellos encontramos a Jesús.