Memoria de Jesús crucificado

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Oración por la unidad de los cristianos. Recuerdo especial de las comunidades cristianas de Europa y de las Américas.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

1Samuel 24,3-21

Tomó entonces Saúl 3.000 hombres selectos de todo Israel y partió en busca de David y de sus hombres al este del roquedal de Yeelim. Llegó a unos rediles de ganado junto al camino; había allí una cueva y Saúl entró en ella para hacer sus necesidades. David y sus hombres estaban instalados en el fondo de la cueva. Los hombres de David le dijeron: "Mira, este es el día que Yahveh te anunció: Yo pongo a tu enemigo en tus manos, haz de él lo que te plazca." Levantóse David y silenciosamente cortó la punta del manto de Saúl. Después su corazón le latía fuertemente por haber cortado la punta del manto de Saúl, y dijo a sus hombres: "Yahveh me libre de hacer tal cosa a mi señor y de alzar mi mano contra él, porque es el ungido de Yahveh." David habló con energía a sus hombres para que no se lanzasen contra Saúl. Saúl marchó de la cueva y continuó su camino, tras lo cual se levantó David, salió de la cueva y gritó detrás de Saúl: "¡Oh rey, mi señor!" Volvió Saúl la vista, e inclinándose David, rostro en tierra, se postró ante él, y dijo David a Saúl: "¿Por qué escuchas a las gentes que te dicen: David busca tu ruina? Hoy mismo han visto tus ojos que Yahveh te ha puesto en mis manos en la cueva, pero no he querido matarte, te he perdonado, pues me he dicho: No alzaré mi mano contra mi señor, porque es el ungido de Yahveh. Mira, padre mío, mira la punta de tu manto en mi mano; si he cortado la punta de tu manto y no te he matado, reconoce y mira que no hay en mi camino maldad ni crimen, ni he pecado contra ti, mientras que tú me pones insidias para quitarme la vida. Que juzgue Yahveh entre los dos y que Yahveh me vengue de ti, pero mi mano no te tocará, pues como dice el antiguo proverbio: De los malos sale malicia, pero mi mano no te tocará. ¿Contra quién sale el rey de Israel, a quién estás persiguiendo? A un perro muerto, a una pulga. Que Yahveh juzgue y sentencie entre los dos, que él vea y defienda mi causa y me haga justicia librándome de tu mano." Cuando David hubo acabado de decir estas palabras a Saúl, dijo Saúl: "¿Es ésta tu voz, hijo mío David?" Y alzando Saúl su voz, rompió a llorar, y dijo a David: "Más justo eres tú que yo, pues tú me haces beneficios y yo te devuelvo males; hoy has mostrado tu bondad, pues Yahveh me ha puesto en tus manos y no me has matado. ¿Qué hombre encuentra a su enemigo y le permite seguir su camino en paz? Que Yahveh te premie por el bien que hoy me has hecho. Ahora tengo por cierto que reinarás y que el reino de Israel se afirmará en tus manos.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Saúl, tras volver de la guerra contra los filisteos, vuelve a perseguir a David. Saúl es mucho más fuerte que el pequeño grupo que se reúne alrededor de David. Pero la escena que se describe invierte la situación. "Saúl -escribe el autor sagrado- entró para hacer sus necesidades. David y sus hombres estaban en el fondo de la cueva" (v. 4). Y Saúl quedó en situación de ser eliminado por David. Los seguidores de David están convencidos de que el Señor mismo había preparado aquel momento: "Este es el día que el Señor te anunció: "Yo pongo a tu enemigo en tus manos, haz de él lo que te plazca"" (v. 5). Esta frase parece sugerir a David que elimine a su enemigo. Pero David no quiere la muerte de Saúl. Más bien desea que cambie su comportamiento. Por eso solo le corta la punta del manto, para que reflexione y se arrepienta. Saúl ve que está a merced de David, y que este no lo aprovecha. En aquel mismo instante -escribe el texto- David sentía que "su corazón le latía fuertemente" porque le había faltado al respeto al rey, al "ungido del Señor" (v. 7). David sale de la cueva y se dirige a Saúl con palabras respetuosas pero firmes: "Acabas de ver que el Señor te ha puesto en mis manos en la cueva, y han hablado de matarte, pero te he perdonado" (v. 11). Efectivamente, David habría podido "destruirlo" pero no lo hizo por respeto a Saúl y por obediencia a Dios. Quiere convencerle de su inocencia y de su constante respeto hacia él: lo llama "señor" y también "padre mío". Saúl comprende las palabras de David y le contesta llamándole "hijo mío". Y rompe a llorar (v. 17). Llora por la conmoción que siente por David, pero también porque se ha dejado dominar por un "espíritu malo". Le dice a David: "Más justo eres tú que yo, pues tú me haces beneficios y yo te devuelvo males" (v. 18). Y añade: "¿Qué hombre encuentra a su enemigo y le permite seguir su camino en paz?" (v. 20). Saúl reconoce así a David como rey. El amor de David ha derrotado la malicia de Saúl y lo ha llevado a acoger la voluntad de Dios y a rezar para que su descendencia no sea eliminada.