Memoria de la Madre del Señor

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Oración por la unidad de los cristianos. Recuerdo especial de las Iglesias de la Comunión anglicana.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

1Samuel 16,1-13

Dijo Yahveh a Samuel: "¿Hasta cuándo vas a estar llorando por Saúl, después que yo le he rechazado para que no reine sobre Israel? Llena tu cuerno de aceite y vete. Voy a enviarte a Jesé, de Belén, porque he visto entre sus hijos un rey para mí." Samuel replicó: "¿Cómo voy a ir? Se enterará Saúl y me matará." Respondió Yahveh: "Lleva contigo una becerra y di: "He venido a sacrificar a Yahveh." Invitarás a Jesé al sacrificio y yo te indicaré lo que tienes que hacer, y me ungirás a aquel que yo te diga." Hizo Samuel lo que Yahveh le había ordenado y se fue a Belén. Salieron temblando a su encuentro los ancianos de la ciudad y le preguntaron: "¿Es de paz tu venida, vidente?" Samuel respondió: "Sí; he venido a sacrificar a Yahveh. Purificaos y venid conmigo al sacrificio." Purificó a Jesé y a sus hijos y les invitó al sacrificio. Cuando ellos se presentaron vio a Eliab y se dijo: "Sin duda está ante Yahveh su ungido." Pero Yahveh dijo a Samuel: "No mires su apariencia ni su gran estatura, pues yo le he descartado. La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero Yahveh mira el corazón." Llamó Jesé a Abinadab y le hizo pasar ante Samuel, que dijo: "Tampoco a éste ha elegido Yahveh." Jesé hizo pasar a Sammá, pero Samuel dijo: "Tampoco a éste ha elegido Yahveh." Hizo pasar Jesé a sus siete hijos ante Samuel, pero Samuel dijo: "A ninguno de éstos ha elegido Yahveh." Preguntó, pues, Samuel a Jesé: "¿No quedan ya más muchachos?" El respondió: "Todavía falta el más pequeño, que está guardando el rebaño." Dijo entonces Samuel a Jesé: "Manda que lo traigan, porque no comeremos hasta que haya venido." Mandó, pues, que lo trajeran; era rubio, de bellos ojos y hermosa presencia. Dijo Yahveh: "Levántate y úngelo, porque éste es." Tomó Samuel el cuerno de aceite y le ungió en medio de sus hermanos. Y a partir de entonces, vino sobre David el espíritu de Yahveh. Samuel se levantó y se fue a Ramá.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Samuel tiene que ir a un nuevo territorio porque el Señor ha reconocido a un nuevo rey: "he visto entre sus hijos un rey para mí". Samuel reconoce la naturaleza arriesgada de la empresa y se opone: "Se enterará Saúl y me matará". Pero el Señor le sugiere que vaya a Belén para evitar el peligro. Al llegar a la pequeña ciudad los habitantes tienen miedo. Saben quién es Samuel y creen que puede provocar turbación en la ciudad. Tras haberles tranquilizado, Samuel lleva a cabo el sacrificio y se encuentra con Jesé, que hace desfilar a sus hijos ante el profeta. Jesé y los ancianos no saben que son testigos de un acontecimiento fundamental para la vida de Israel. Eliab, el primero de los hijos de Jesé, es atractivo y Samuel se siente atraído por él; pero el Señor, que habla directamente al profeta, lo advierte de que no se fije en su aspecto físico. Descartado Eliab, los demás hijos resultan inadecuados uno tras otro. Falta el octavo hijo, el más joven. Para el padre, no valía la pena ni siquiera presentarlo al profeta. Samuel pide que lo llamen. No cenarán hasta que no acuda el octavo hijo. Es una escena curiosa: todos los ancianos están en pie esperando a este muchacho cuyo nombre ni siquiera se ha dicho. Y finalmente llega el joven David. El Señor lo ha elegido a él para reinar sobre Israel. David "era rubio, de bellos ojos y hermosa presencia" (v. 12). "Este es", oye Samuel que dice Dios. Y el profeta lo unge inmediatamente con el aceite. Dios envía a un nuevo rey a Israel: "A partir de entonces, vino sobre David el espíritu del Señor" (v. 13). El Señor y Samuel ya están ligados a aquel muchacho que iba a reinar sobre Israel. La unción hizo de él un enviado de Dios. Eso mismo sucede cuando todo cristiano recibe la unción en el bautismo: su grandeza no está en su "estatura" o en su sabiduría, sino únicamente en la predilección y en el amor de Dios. El Señor, a través de la fuerza de su Espíritu, hace cosas grandes en sus hijos.