Memoria de Jesús crucificado

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Recuerdo de Nuestra Señora de Sheshan, santuario situado cerca de Shanghái. Oración por los cristianos chinos.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hechos de los Apóstoles 15,22-31

Entonces decidieron los apóstoles y presbíteros, de acuerdo con toda la Iglesia, elegir de entre ellos algunos hombres y enviarles a Antioquía con Pablo y Bernabé; y estos fueron Judas, llamado Barsabás, y Silas, que eran dirigentes entre los hermanos. Por su medio les enviaron esta carta: «Los apóstoles y los presbíteros hermanos, saludan a los hermanos venidos de la gentilidad que están en Antioquía, en Siria y en Cilicia. Habiendo sabido que algunos de entre nosotros, sin mandato nuestro, os han perturbado con sus palabras, trastornando vuestros ánimos, hemos decidido de común acuerdo elegir algunos hombres y enviarlos donde vosotros, juntamente con nuestros queridos Bernabé y Pablo, que son hombres que han entregado su vida a la causa de nuestro Señor Jesucristo. Enviamos, pues, a Judas y Silas, quienes os expondrán esto mismo de viva voz: Que hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponeros más cargas que éstas indispensables: abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de la sangre, de los animales estrangulados y de la impureza. Haréis bien en guardaros de estas cosas. Adiós.» Ellos, después de despedirse, bajaron a Antioquía, reunieron la asamblea y entregaron la carta. La leyeron y se gozaron al recibir aquel aliento.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Una vez finalizado el primer Concilio de la Iglesia celebrado en Jerusalén y en el que participaron también Pablo y Bernabé, los presentes aprobaron lo dicho por Santiago y redactaron el primer "decreto conciliar" que llevaron a la comunidad de Antioquía, donde la cuestión debatida había estallado con más virulencia. Se podría decir que aquel primer Concilio sancionó la diferencia entre judaísmo y cristianismo. Hasta aquel momento la comunidad cristiana era más un grupo dentro del judaísmo que una comunidad nueva. La asamblea de Jerusalén -guiada por el Espíritu- aclaraba que la salvación venía del Evangelio y no de las prácticas de la ley judía. Por eso en la carta se lee: "Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponeros más cargas". Desde entonces quedó clara la distinción entre cristianismo y judaísmo, aunque eso no significa que queda eliminada la intensa e imborrable relación entre las dos religiones. Se puede decir que una relación profunda y vital con el judaísmo forma parte de la misma identidad cristiana. No solo las raíces son comunes, sino que de algún modo también lo es la expectativa. Los judíos todavía esperan al Mesías. Los cristianos, en cambio, saben que el Mesías ya ha venido pero al mismo tiempo, esperan su segunda llegada, al final de los tiempos. Y en esta espera de la segunda llegada de algún modo estamos unidos judíos y cristianos. Los cristianos saben que Jesús empezó el tiempo nuevo del Reino de Dios: con su muerte y resurrección derrotó la muerte e inauguró el nuevo reino. Esta novedad es sin duda un don, pero también una responsabilidad para que cada uno de nosotros trabaje para transformar el mundo con la levadura del Evangelio del amor. Y entre las responsabilidades que ahora emergen claramente está también la de luchar contra cualquier atisbo de antisemitismo. Por desgracia en el pasado no siempre fue así. Por eso es bueno mantener el diálogo y el encuentro "fraterno" con los judíos, con quien nos une una relación particular e indisoluble.