Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

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Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

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Trisaghion",""); $aMenu[10]=array("Padre nuestro",""); $aMenu[11]=array("Canto final",""); $aMenu[12]=array("La Oración","../index.htm"); $aMenu[13]=array("Home page","../../index.html"); $aSez[1]=array("=GetCantoIniziale"); $aSez[2]=array("canto_della_luce"); $aSez[3]=array("=GetLettura1"); $aSez[4]=array("=GetSalmo"); $aSez[5]=array("=GetLettura2"); $aSez[6]=array("=GetMemoria","=GetLetturaV"); $aSez[7]=array("=GetOmelia"); $aSez[8]=array("canto_incenso","intercess_domenicale"); $aSez[9]=array("gioisci","trisaghion"); $aSez[10]=array("pater"); $aSez[11]=array("=GetCantoFinale"); $nVociMenu=13; $cTempo="QUARESIMA"; $cPreghiera="domenica"; $cSalmo="032"; $cVersetti1="Génesis 12,1-4"; $cVersetti2="Segunda Timoteo 1,8-10"; $cVersettiV="Mateo 17,1-9"; $cLettura1="Yahveh dijo a Abram: "Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y sé tú una bendición. Bendeciré a quienes te bendigan
y maldeciré a quienes te maldigan.
Por ti se bendecirán
todos los linajes de la tierra." Marchó, pues, Abram, como se lo había dicho Yahveh, y con él marchó Lot. Tenía Abram 75 años cuando salió de Jarán."; $cLettura2="No te avergüences, pues, ni del testimonio que has de dar de nuestro Señor, ni de mí, su prisionero; sino, al contrario, soporta conmigo los sufrimientos por el Evangelio, ayudado por la fuerza de Dios, que nos ha salvado y nos ha llamado con una vocación santa, no por nuestras obras, sino por su propia determinación y por su gracia que nos dio desde toda la eternidad en Cristo Jesús, y que se ha manifestado ahora con la Manifestación de nuestro Salvador Cristo Jesús, quien ha destruido la muerte y ha hecho irradiar vida e inmortalidad por medio del Evangelio"; $cLetturaV="Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con él. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: «Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle.» Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: «Levantaos, no tengáis miedo.» Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo. Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.»"; $cMemoria="II de Cuaresma"; $cOmelia="El Evangelio de la Transfiguración describe cuanto sucede durante toda Liturgia Eucarística dominical. Tras los seis días laborables Jesús nos reúne y nos conduce a un lugar apartado, a un lugar "alto". Necesitamos subir un poco más alto, no para huir o evadirnos para que después todo quede como antes. En la Liturgia contemplamos una forma distinta de vivir, de sentir, de comportarse; y mientras contemplamos las cosas del cielo somos hechos partícipes y transformados interiormente; nos convertimos en aquello que vemos. No subimos al monte solos o por nuestra iniciativa, es el Señor quien nos llama y nos conduce. Escribe el evangelista que "toma Jesús consigo" a los tres discípulos. "Tomar consigo" es el deseo de siempre de Jesús; en el Evangelio de Juan este deseo se transforma en oración: "Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo, para que contemplen mi gloria" (Jn 17, 24). Es justo lo que ocurre sobre el Tabor, lo que acontece sobre el monte de la Santa Liturgia. A los discípulos de entonces y de ahora se les presenta un acontecimiento verdaderamente fuera de lo común, lejano de los escenarios habituales. "Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz", señala el evangelista. Pedro, fascinado por esta luz, toma la palabra y propone hacer tres tiendas.
Está claro su deseo de permanecer allí en compañía de Jesús, Moisés y Elías. Pero le interrumpe una voz -este es el centro del episodio- que surge de una nube, también ella luminosa, que los envuelve a todos: "Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle". De la nube que envuelve el libro santo de las Escrituras sale también para nosotros, como lo hizo para Pedro, Santiago y Juan, la voz del Señor. "¡Escuchad el Evangelio!", podríamos traducir; es la Palabra más preciosa, más clara, más luminosa que el Señor nos ha regalado. Pedro se da cuenta de que aquel Jesús que está frente a él es mucho más de lo que los discípulos habían comprendido hasta ese momento. Ese Jesús, junto al que hacía tiempo que caminaba, y al que quizá admiraban por su valentía, ese Jesús es mucho más de lo que habían pensado. Se encontraron aquellos tres, de repente, como inmersos en una aventura más seria y profunda de lo que habían creído.
Así es para nosotros el Evangelio: si lo acogemos seremos arrastrados a una aventura nueva, más grande y hermosa de lo que nos podamos imaginar. Pedro toma la palabra y exclama: "¡Señor, bueno es estarnos aquí!" Quiere permanecer allí; quizá piensa que el amor es un momento extraordinario que vivir, solo una aventura especial que prolongar, una experiencia totalizadora que buscar y conservar. Pero le llega una voz: "Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle". Sí, con el Señor el amor no es un momento mágico sino un rostro, un hombre que camina con nosotros. Es el rostro más humano, el que vislumbramos cuando se proclama el Evangelio; es su cuerpo que se deja partir para alimentar el corazón; es el rostro humano, débil, concreto, que contemplamos en los pobres. Y es de verdad hermoso para nosotros poder gozar de esta luz; es hermoso que los hermanos estén junto a nosotros; es hermoso que los ancianos y los jóvenes, los sanos y los enfermos, disfruten del mismo amor. Es hermoso porque ninguno puede apropiarse de esa luz.
La santa liturgia es hermosa porque refleja la fuerza luminosa del amor de Dios. Jesús dice a sus discípulos que habían caído rostro en tierra, como aplastados por su propia pequeñez: "Levantaos, no tengáis miedo". En efecto, la vida puede volverse hermosa, llena de sentido, luminosa como la de quien ama. No tengamos miedo: el rostro de ese amigo que es Jesús, que transforma los corazones y el mundo, permanece con nosotros. Mirémoslo, reconozcámoslo, escuchémoslo. Cambiar la propia vida significa escucharle a él y no a nuestras razones y costumbres. Él ha vencido la muerte y ha hecho resplandecer la vida, es luz de amor que no se consume y que ilumina nuestros ojos; es una luz que se transmite. Jesús "ha destruido la muerte y ha hecho irradiar vida", escribe el apóstol Pablo. Todo resplandece y adquiere color con el amor. Es hermoso contemplar su rostro, belleza del hombre amado y que ama. Y la vida amada resucita."; ?> ".$cTit_Salmo."

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